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CIAT en Perspectiva 2001-2002
Del Riesgo a la Resistencia

Del Riesgo a la Resistencia

 

 

 

Preparación de la tierra en la aldea de Worka
en la región de Oromo, Etiopía.

La agricultura, en cualquier parte, es un negocio arriesgado. Los agricultores tienen poca influencia —y a veces ninguna— sobre los factores biofísicos comprometidos en el crecimiento de las plantas y en las condiciones económicas que determinan ganancia o pérdida. Entre las variables más esquivas están el clima, las plagas y enfermedades, y los precios del mercado.

La gente pobre en el trópico constituye la mayoría de los agricultores del mundo. Y son los más expuestos y vulnerables frente a las amenazas. No obstante, hay muchos puntos de acceso mediante los cuales ellos pueden ganar cierto control sobre algunos factores de riesgo. Entre las opciones están la adopción de nuevas variedades de cultivos que resisten diferentes tipos de estrés, el mejoramiento de la nutrición familiar y la organización de la comunidad para la innovación rural local sostenida.

En las siguientes páginas examinaremos algunas limitaciones y riesgos que enfrentan estos agricultores y mostraremos ejemplos de cómo la investigación del CIAT está ayudando a incrementar la resiliencia, o capacidad de recuperación o adaptación de los campesinos.

A Enfrentar el Riesgo

En los países desarrollados, el apoyo a los agricultores para enfrentar el riesgo se hace con sólo una llamada telefónica o una búsqueda en Internet. El acceso a información técnica oportuna tendrá mucho efecto para reducir su vulnerabilidad frente a lo inesperado. Adquirir las últimas variedades mejoradas de cultivos, razas de ganado e insumos químicos también ayuda. Pero, cuando estas medidas fracasan, siempre existe un seguro de cosechas al que se le puede echar mano.

Factores de riesgo

Los pequeños agricultores del trópico no tienen tantos ases bajo sus mangas. El arte de correr riesgos calculados es más complejo para ellos, y si se equivocan, las consecuencias son más implacables. De hecho, la pérdida completa de un cultivo y el hambre son demasiado comunes.

Para empezar, estos pequeños agricultores no pueden pagar los insumos químicos que sus contrapartes en el Norte aplican habitualmente para proteger sus inversiones. La aplicación de fertilizante, por ejemplo, varía ampliamente a través de países y regiones; algunas cifras presentadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ilustran este punto: En 1999, Italia, con 58 millones de personas, consumió 1.8 millones de toneladas métricas de fertilizante. En contraste, los 41 países de África, al sur del Sahara, utilizan solamente el 75 por ciento de esa cantidad. No obstante, su población es 10 veces mayor que la de Italia y los problemas de fertilidad del suelo son peores.

Segundo, las pequeñas tenencias en el trópico a menudo están ubicadas en terrenos marginales escarpados, cuya calidad de suelo, pendiente y elevación varían extraordinariamente, aún entre parcelas de la misma finca. La erosión y los deslizamientos de tierra son un riesgo constante.

Tercero, las comunidades rurales del trópico rara vez tienen acceso a la serie de múltiples servicios públicos y privados que los agricultores en países industrializados dan por hecho. Los recursos para mitigar el riesgo y enfrentar amenazas explícitas incluyen redes de seguridad social, investigación pública y privada, entidades de extensión, oficinas de pronóstico del clima, seguro de cosechas, juntas de mercadeo y entidades de crédito.

Muchos de estos servicios están, en teoría, al alcance de los productores en países tropicales. Pero el número real de agricultores que se puede atender con recursos severamente limitados imposibilita una cobertura equitativa en gran escala. La FAO calcula la población agrícola de los países desarrollados en 100 millones, o sea, el 7.6 por ciento de su población total (cifra del 2000). Para el mundo en desarrollo, la cifra es de 2.47 mil millones, o más de la mitad de su población total. Entonces, por cada persona en el mundo desarrollado que requiere de servicios de apoyo agrícola, hay unos 25 clientes en los países en desarrollo.

Esto es sólo una parte del cuento. El otro elemento es la capacidad estatal de prestar servicios agrícolas clave como la investigación. Un informe reciente del Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias (IFPRI) revela la enorme brecha entre los países en desarrollo y los desarrollados. Durante el período de 3 años que se centra en 1995, el gasto promedio anual en investigación pública por persona económicamente activa en el sector agropecuario del mundo en desarrollo fue de $8.50 (US$ de 1993). Para los países desarrollados, la cifra fue de $594.10.

Un factor final, con frecuencia encubierto en la discusión sobre manejo del riesgo, es la salud humana. La población rural en zonas tropicales está expuesta a una mezcla peligrosa de enfermedades infecciosas y transmitidas por vectores, riesgos ocupacionales y nutrición deficiente. La malaria, la esquistosomiasis, la enfermedad del sueño y las enfermedades diarreicas son aflicciones en que rara vez piensan los agricultores del Canadá o los dueños de viñedos en Francia. Y, para las empresas farmacéuticas, ocupan renglones de bajo nivel en el programa de desarrollo de medicamentos. No obstante, estas enfermedades continúan siendo crónicamente graves en las regiones tropicales, especialmente África. Asimismo, el SIDA, el envenenamiento por plaguicidas, la anemia por deficiencia de hierro y la contaminación de alimentos por micotoxinas representan pérdidas significativas en los países en desarrollo, reduciendo la voluntad y la fortaleza de los campesinos.

Información como poder

hyperlink_blanco.gif (163 bytes) Visite el sitio Web de Uso de la Tierra

Los riesgos para los campesinos del trópico varían en el tiempo y según el sitio. Igualmente, las respuestas humanas al riesgo y a las amenazas varían según el nivel en que se toman: mundial, regional, nacional o local. Según comenta el científico ambiental del CIAT Manuel Winograd, esta variabilidad del riesgo y de la respuesta exige un esfuerzo de investigación concertada si los países en desarrollo han de hacer frente a sus vulnerabilidades en forma sistemática y exitosa. Como punto de partida, dice Winograd, se necesitan métodos fiables para recopilar, organizar y usar la información para proyectar y evaluar los riesgos.

“La ausencia de la planificación sobre cómo debe usarse la tierra y dónde deben estar ubicados los asentamientos humanos y la infraestructura, junto con la falta de aplicación de principios preventivos, son las principales causas del incremento en los riesgos y en la vulnerabilidad”, dice Winograd.

En años recientes, el CIAT ha diseñado muchas herramientas de información para ayudar a las comunidades rurales y a los funcionarios públicos a que traten temas como planificación del uso de la tierra, conservación de la diversidad biológica, manejo del suelo y mitigación de desastres naturales. Algunas son guías sencillas basadas en texto para ayudar en la toma de decisiones, otras son paquetes de software en CD-ROM que requieren de mucha capacitación y conjuntos de datos para ser operados. Tales productos que compilan muchos conocimientos y que generalmente están orientados hacia asesores de desarrollo, rara vez tienen un impacto directo sobre el manejo de los recursos naturales entre los agricultores, como lo ha tenido nuestro germoplasma en la producción agrícola. No obstante, la información es sinónima de poder, y la demanda de ésta crece rápidamente.

La semilla es “información biológica empacada de manera apropiada para ser transmitida ampliamente entre los agricultores”, dice Simon Cook, líder del Proyecto de Uso de la Tierra del CIAT. “¿Cómo podemos imitar este proceso para la tecnología de manejo de los recursos naturales? ¿Mapas? ¿Documentos? ¿Guías? ¿Sitios Web? Necesitamos encontrar maneras de distribuir esta información a los usuarios. Aunque las apreciaciones contenidas en nuevas herramientas de información pueden ser increíblemente útiles, los agricultores no pueden adoptarlas directamente de la misma manera que hacen con las variedades mejoradas”.

Entretanto, el CIAT sigue trabajando en diversas maneras de ayudar a los pequeños productores del trópico a enfrentar el riesgo. Según lo ilustran dos de los siguientes artículos, estas maneras incluyen avances hacia “soluciones-en-una-semilla”, específicamente del frijol con tolerancia a la sequía y cultivos de primera necesidad enriquecidos con micronutrientes.

Semillas de Salud

Combate contra la desnutrición mediante la biofortificación de cultivos

La desnutrición por falta de micronutrientes, especialmente hierro, cinc y vitamina A, aflige a más de la mitad de la población mundial. Por eso, hay mucho interés en un importante esfuerzo internacional de investigación y desarrollo que está en marcha. Se trata de un programa que impulsa el enriquecimiento del contenido de los alimentos de primera necesidad con vitaminas y minerales.

Esta labor interdisciplinaria para “biofortificar” cultivos es un esfuerzo colaborativo importante entre los centros del GCIAI y se candidatiza para ser uno de los Programas de Reto emprendidos por el Grupo. El programa combina la genómica y el mejoramiento de plantas con la ciencia de la nutrición humana, los estudios de comportamiento social y el análisis de políticas. Se basa en la sólida experiencia adquirida durante los últimos 7 años por el Proyecto de Micronutrientes del GCIAI, cuyos resultados indican que la biofortificación es sumamente factible para la mayoría de los cultivos.

El programa está destinado a complementar medidas más convencionales, como la distribución de suplementos vitamínicos y minerales y la fortificación comercial de alimentos procesados. En efecto, los expertos en agricultura y salud reconocen ampliamente que no hay ninguna munición mágica que aniquile la desnutrición por falta de micronutrientes. Se necesitan múltiples estrategias que se entrecruzan entre sí.

Los cultivos prioritarios del nuevo programa son frijol común, yuca, maíz, arroz, batata y trigo. Al finalizar el proyecto, se espera que los niveles de micronutrientes sean, al menos, 80 por ciento mayores que los niveles actuales.

El programa es coordinado conjuntamente por el CIAT y el Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias (IFPRI) en Washington, D.C. El CIAT desempeña dos papeles. En primer lugar, está encargado de la coordinación general del trabajo de mejoramiento y de biotecnología relacionado realizado por un consorcio de siete centros Future Harvest (Cosecha del Futuro), con la colaboración de diversos programas nacionales de investigación seleccionados de países en desarrollo. Y, en segundo lugar, los científicos del CIAT realizan investigación sobre micronutrientes en dos cultivos: frijol y yuca, este último en colaboración con el Instituto Internacional de Agricultura Tropical (IITA) en Nigeria.

Mejoramiento de frijol revestido de hierro

hyperlink_blanco.gif (163 bytes) Visite el sitio Web de Mejoramiento de Frijol (en inglés)

La anemia por deficiencia de hierro aflige a unos 1.5 mil millones de personas en los países en desarrollo; la mayoría son mujeres, reduciendo su capacidad mental, creando complicaciones graves en el momento del parto y disminuyendo su capacidad física. También se sabe que la carencia de cinc, aunque menos conocida, está difundida en el trópico y es una de las principales amenazas para el crecimiento y la salud infantil.

Para analizar el contenido de estos minerales en frijol común, los científicos del CIAT han examinado nuevas poblaciones de mejoramiento, así como una colección mucho más grande de casi 2,000 genotipos. Además, nuestros colaboradores de investigación en la Universidad de Nairobi analizaron el contenido mineral de un conjunto de 70 variedades comerciales y de frijol mejoradas por agricultores procedentes de seis países africanos.

Los resultados han proporcionado a los científicos del CIAT y de otras entidades un inventario importante de cultivares de frijol ricos en minerales. Los científicos que trabajan junto con las ONG pronto evaluarán algunos de estos frijoles con alto contenido de hierro en un ensayo de eficacia nutricional que incluye las comunidades de Kenya y Uganda, en alto riesgo de anemia por deficiencia de hierro.

Este trabajo en África forma parte de un proyecto de 3 años financiado por la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), que ha asumido un papel importante en la biofortificación de cultivos. Este trabajo, uno de los componentes del Programa del Reto de Biofortificación del GCIAI, reúne a varios grupos de investigación africanos y a la Universidad de Cornell.

La investigación realizada por el CIAT indica que el frijol posee suficiente variabilidad genética para realizar mejoramiento adicional respecto al contenido de hierro y cinc. Se calcula que el mejoramiento podría mejorar el contenido de hierro en cerca de un 80 por ciento y el de cinc en un 40 por ciento.

Para aprovechar el potencial genético del frijol, los científicos del CIAT han generado una serie de poblaciones de frijol potencialmente ricas en minerales para el análisis químico y el mejoramiento adicional. Dos fuentes reconocidas de alto contenido de hierro y cinc fueron incorporadas en experimentos de “retrocruzamiento” para desarrollar este germoplasma. Éstas, a su vez, se cruzaron con diversas variedades populares, que sirvieron de progenitores “recurrentes”. (En el retrocruzamiento recurrente, la progenie híbrida se cruza reiteradamente con uno de los progenitores originales para ir eliminando los rasgos indeseables en varias generaciones.)

El análisis químico de estos materiales reveló que las plantas con altos niveles de hierro también tendieron a contener mucho cinc, lo cual indica que la acumulación de ambos minerales en frijol es, hasta cierto punto, controlada por los mismos conjuntos de genes menores que interactúan entre sí, conocidos como posición (loci) de rasgos cuantitativos, o QTL. Por tanto, los mejoradores pueden, quizás, seleccionar tipos respecto a hierro y cinc de manera simultánea.
Mapeo molecular de micronutrientes

Un trabajo paralelo del CIAT, basado en la tecnología de marcadores moleculares, apoya este criterio. Este trabajo de mapeo molecular para el contenido de micronutrientes se enfocó en dos poblaciones de frijol mejorado por altas concentraciones de hierro y cinc. Una de las poblaciones fue un cruzamiento entre dos tipos de frijol andinos, la otra entre dos tipos mesoamericanos. Matthew Blair, geneticista de frijol del CIAT, y sus colegas desarrollaron un mapa genético para cada población; uno contenían 119 marcadores moleculares y el otro 98 marcadores.

Estos mapas permitieron a los investigadores identificar varios QTL ligados a la acumulación de hierro y cinc. Los QTL más significativos explicaron hasta el 33 por ciento de la variación en el contenido de hierro y el 37 por ciento de la variación en el de cinc. Mientras algunos de los QTL fueron específicos para hierro o para cinc, otros fueron positivos para ambos minerales.

El próximo paso para Blair y sus colegas consiste en centrarse sobre ciertas partes del genoma para determinar si los genes para mayor contenido mineral se presentan en los mismos sitios en otras poblaciones de frijol seleccionadas.

Con este fin, él y sus colegas se proponen integrar los sitios mapeados de los QTL observados con respecto a contenido de micronutrientes con los sitios conocidos de QTL responsables de otros rasgos. Luego, se puede utilizar un conjunto cuidadosamente escogido de microsatélites (un tipo especialmente ventajoso de marcador molecular) en la selección ayudada por marcadores. De esta manera se acelerará el proceso de mejoramiento, permitiendo a los mejoradores de frijol seleccionar simultáneamente con respecto a alto contenido mineral y otros rasgos útiles, así como resistencia a enfermedades y tolerancia a la sequía.

Vitamina A en yuca

hyperlink_blanco.gif (163 bytes) Visite nuestro sitio Web de Mejoramiento de la Yuca

La Organización Mundial de la Salud calcula que, a nivel mundial, entre 100 y 140 millones de niños padecen de deficiencia de vitamina A. Cada año esta deficiencia causa ceguera en unos 250,000 a 500,000 niños y cerca de la mitad de éstos mueren antes del año.

Los productos de origen animal, la leche materna y muchas plantas comestibles son fuentes ricas en vitamina A. En las plantas, los carotenos, especialmente beta-caroteno, sirven como elementos constructores químicos, o “precursores”, de la vitamina A. Esos pigmentos se encuentran en abundancia en hortalizas color verde oscuro, en frutas amarillas o anaranjadas y en cultivos de raíces, incluyendo algunos tipos de yuca.

Las raíces de yuca son fuente de muchas calorías para consumidores en el trópico, pero no contienen suficiente caroteno para proporcionar la cantidad mínima de vitamina A necesaria para una buena salud. Mientras las hojas son hasta
100 veces más ricas en carotenos que las raíces, y en algunas culturas se comen como hortaliza fresca, representan solamente una fracción diminuta del consumo total de yuca.

La investigación realizada por el CIAT demuestra que la yuca posee variación genética significativa respecto al contenido de micronutrientes, tanto de carotenos como de minerales. La Ayuda Danesa para el Desarrollo Internacional (Danida) ha financiado diversos trabajos recientes en este campo.

Sin embargo, las oportunidades y los retos involucrados en la biofortificación de la yuca son diferentes de los encontrados en el mejoramiento de frijol. Para empezar, el largo ciclo reproductivo de este cultivo hace que se avance lentamente en los procesos de cruzamiento y selección. El mejoramiento se complica aún más por la naturaleza “heterocigota” de la yuca, es decir, en un par de cromosomas idénticos de yuca, un gen dado en un cromosoma no es idéntico al gen correspondiente en el otro cromosoma. Como resultado, es muy difícil usar los métodos de cruzamiento estándar para reordenar los genes de tal manera que rasgos específicos valorados de la planta pasen sistemáticamente de una generación a la próxima. Aun así, el uso de la tecnología de marcadores moleculares está permitiendo un mayor control.

Pesca de genes de caroteno

La transformación genética es una manera rápida de producir yuca rica en beta-caroteno, y el CIAT está investigando esta opción en la actualidad. En este tipo de ingeniería de plantas, los genes de beta-caroteno de un genotipo de yuca se clonarían y se insertarían en otro genotipo de yuca.

Para hacer esto, en primer lugar necesitamos mejorar nuestro conocimiento de la “vía del caroteno”, el proceso bioquímico mediante el cual las plantas de yuca sintetizan y reglamentan el beta-caroteno de las raíces. Los biotecnólogos del CIAT han estado estudiando los genes de yuca responsables de las cuatro enzimas que elaboran beta-caroteno. Estas enzimas se encuentran ampliamente en otros organismos como flores y bacterias, y las secuencias de ADN de los genes que las codifican son de conocimiento público.

Durante el 2001 usamos estas secuencias para diseñar cebadores de RCP. (Los cebadores son fragmentos cortos de ADN que complementan la estructura química de genes escogidos y se adhieren a ellos —algo como la acción de una cremallera). Esto permitió amplificar los cuatro genes escogidos de ADN de dos muestras de yuca, una con alto contenido de caroteno, la otra con bajo contenido. Algunos fragmentos amplificados de ADN se clonaron para fines de comparación y análisis adicional. Por tanto, se crean las condiciones para “pescar y sacar” los genes relacionados con la enzima que se necesitan para transformar la yuca en una mejor fuente de vitamina A.

El trabajo analítico del CIAT ha correlacionado el contenido de caroteno con una dificultad enfrentada por todos los agricultores de yuca: el deterioro fisiológico en poscosecha, o PPD, como se conoce en inglés. “Este proceso de oxidación es uno de los principales cuellos de botella en la producción y el procesamiento de la yuca”, dice Hernán Ceballos, líder del Proyecto de Yuca del CIAT.

Algunos resultados indican que el alto contenido de caroteno está asociado con tasas más bajas de deterioro de las raíces. Se han identificado cuatro genotipos de yuca que presentan alto contenido de caroteno en las raíces así como bajas tasas de deterioro. “Esto es muy importante porque podemos usar la baja tasa de PPD de la yuca amarilla, rica en vitamina A, como un argumento de venta para los agricultores —siempre y cuando podamos asegurar también que la yuca tiene buenos antecedentes agronómicos”, dice Ceballos.

Frijol con “Esperanza en el Infierno”

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Perseverancia de científicos arroja un frijol resistente a la sequía

Después de casi un cuarto de siglo de investigación, los científicos del CIAT han tenido éxito en desarrollar un frijol tolerante a la sequía que también incorpora otros rasgos importantes para los agricultores. El trabajo está ahora en la etapa de desarrollo varietal.

Este logro es significativo porque la sequía es una amenaza generalizada para la agricultura y una causa común de pérdida de cultivos y de hambre. Se piensa que puede afectar cerca del 60 por ciento de la producción mundial de frijol. En América Latina, una importante región productora de frijol, alrededor de 3 millones de hectáreas de cultivo sufren de sequía, entre moderada y severa, durante casi todo el año.

El nuevo frijol produce de 600 a 750 kilogramos por hectárea bajo sequía severa, es decir, casi el doble del máximo rendimiento alcanzado actualmente por los agricultores latinoamericanos con variedades comerciales en las mismas condiciones.

Bajo la dirección del mejorador Steve Beebe, el equipo de mejoramiento de frijol del CIAT utilizó varias fuentes de tolerancia a la sequía para producir nuevas líneas promisorias. Estas fuentes incluían varios tipos de frijol de tierras altas mexicanas de raza Durango y una variedad de origen centroamericano que es sembrada por los agricultores del sur de Colombia. También se utilizó San Cristóbal, un frijol de República Dominicana que se identificó por primera vez a comienzos de los años 80 como fuente de resistencia estable a la sequía.

Para ver qué tan bien se expresa la tolerancia a la sequía en diferentes ambientes, Beebe y sus colegas organizaron un “vivero” de 36 genotipos, las mejores líneas de mejoramiento desarrolladas a partir de progenitores tolerantes a la sequía. Éstas se distribuyeron en 2001 a investigadores en Colombia, Cuba, Haití, Honduras, Guatemala, Kenya, México y Nicaragua para evaluación.

Fisiología de la tolerancia

El desarrollo de frijol tolerante a la sequía ha sido un enorme reto, a largo plazo, principalmente porque esta tolerancia en frijol y otras plantas es un rasgo genéticamente complejo. Es controlado por diversos mecanismos fisiológicos que, a su vez, son orquestados por las interacciones de muchos genes.

Un mejor entendimiento del papel desempeñado por los sistemas de raíces profundas en la protección del frijol frente a la sequía fue una contribución del fisiólogo de plantas del CIAT, Jeff White, en los años 80. Más recientemente se ha identificado un segundo mecanismo: la capacidad de diversos tipos de frijol para transportar hidratos de carbono (producidos por fotosíntesis) desde las hojas hasta los granos comestibles, aún bajo estrés de sequía. Muchos de los detalles de este proceso, observados en una raza local del sur de Colombia (G 21212), están siendo estudiados por el fisiólogo de plantas del CIAT, Idupulapati Rao, en colaboración con Beebe.

“A finales de los años 70, nadie creía que el frijol común tenía una esperanza en el infierno de mostrar resistencia alguna a la sequía”, dice el geógrafo agrícola del CIAT Peter Jones. “Iba en contra de todos los principios fisiológicos. Muchas veces nos recomendaron dejar el problema en el camino. Si hubiéramos hecho caso a ese consejo, nada hubiera sucedido. No ha costado una fortuna, solamente trabajar afanosamente”.

Desde inundaciones hasta sequía

La solución basada en semilla presentada por el CIAT, a lo que muchos creían que era un obstáculo intratable para aumentar la producción de frijol, es oportuna y pertinente para América Central. Hace 3 años, el Huracán Mitch mató a miles de personas en Honduras y Nicaragua, aplastó sus hogares e inundó los campos agrícolas, destruyendo el frijol y otros cultivos. Durante los siguientes 2 años, la población rural revivió la pesadilla de la escasez de alimentos y de semilla, pero debido a la sequía asociada con los ciclos de El Niño/La Niña. Las nuevas líneas de frijol del CIAT, las que ahora se están mejorando respecto a otros rasgos agronómicos valiosos, ofrecerá beneficios duraderos para esta región frijolera, con tendencia a la sequía.

También estamos colaborando con varias ONG y organizaciones de investigación para distribuir la semilla de variedades mejoradas de frijol en Haití. Esta actividad forma parte de un importante proyecto para ayudar a esta nación insular a recuperarse de la devastación del Huracán Georges en septiembre de 1998. Durante los próximos meses, las líneas tolerantes de sequía más avanzadas se enviarán allí para ser evaluadas.

En una escala mucho mayor, se espera que el recalentamiento atmosférico aumente la intensidad y frecuencia de la sequía y otros sucesos climáticos trascendentales, en gran parte del trópico en los próximos decenios. Millones de personas de América Latina y de África central, oriental y sur dependen en gran medida del frijol como fuente diaria de energía, proteína y micronutrientes en sus dietas, así como de ingresos por la venta. Por tanto, la futura capacidad de recuperación de sus medios de vida en el campo dependerá significativamente del acceso fiable a semilla de frijol tolerante a la sequía.

Combinación de puntos fuertes

En el 2001, el proyecto de frijol del CIAT hizo otro avance importante cuando empezó a cruzar sus líneas de frijol tolerantes a la sequía con una selección de otros frijoles del CIAT tolerantes a la baja fertilidad del suelo y resistentes a enfermedades graves. Una de estas enfermedades, el virus del mosaico amarillo dorado del frijol (BGYMV), es un grave inconveniente para los productores de frijol de América Central. Además, está directamente vinculada a la sequía porque la mosca blanca que transmite a BGYMV prospera en condiciones secas, calientes.

Este trabajo de mejoramiento de múltiples rasgos, que se ha hecho más eficiente por el uso de marcadores moleculares diseñados por el CIAT que están ligados a tipos específicos de resistencia a enfermedades, se centra en el frijol negro pequeño y en el frijol rojo pequeño tan populares en América Central. Cerca del 10 por ciento de las poblaciones de plantas de segunda generación de cruzamientos múltiples, más una selección de seis cruzamientos sencillos, han resultado sumamente prometedores. Éstas han sido mejoradas hasta la cuarta generación y las 200 poblaciones resultantes de frijol selecto están compartiéndose con programas nacionales de investigación y otros colaboradores en América Central. Se proyecta un trabajo paralelo en zonas productoras de frijol de África.

Siguiendo el Impacto del Recalentamiento Global

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Bajarán rendimientos del maíz y variarán efectos locales

En el año 2055, el cambio climático causará una baja en la producción anual mundial de maíz en África y América Latina de cerca del 10 por ciento, a menos que se tomen medidas correctivas. Ese es el pronóstico de dos científicos que trabajan con el CIAT y el Instituto Internacional de Investigación Pecuaria (ILRI).

“Los resultados de simulación indican lo que pasaría si los agricultores continúan sembrando las mismas variedades en las mismas áreas”, explica el geógrafo agrícola del CIAT Peter Jones. Los cambios futuros en el manejo de los cultivos y con el uso de variedades mejor adaptadas deben reducir el daño para los productores de maíz.

Durante muchos años, Jones y su colega del ILRI Philip Thornton trabajaron juntos en un método para simular el clima diario específico de cada sitio, con base en datos recolectados por miles de estaciones meteorológicas en todo el mundo. Su objetivo era afianzar la capacidad de los modelos de cultivos estándar para predecir el comportamiento de los cultivos alimenticios y forrajeros bajo diferentes condiciones climáticas y de manejo de cultivo. El fruto de su esfuerzo de investigación es un modelo llamado MarkSim, que se probó por primera vez en el año 2000 y salió al mercado en CD-ROM, a finales del 2002.

Los investigadores fueron un paso más allá para predecir los efectos del cambio climático en los cultivos. Combinaron MarkSim y un conocido modelo de cultivos, Ceres-Maize, con un modelo de cambio climático llamado HadCM2, que mapea las probables temperaturas futuras en todo el mundo. La prueba de simulación inicial examinó los cambios futuros en los rendimientos de una variedad popular de maíz en sitios específicos del sudeste de África. Más recientemente, Jones y Thornton ampliaron el análisis para cubrir toda África y América Central y del Sur. También se aumentó el número de variedades de maíz a cuatro, para simular mejor las decisiones sobre cultivos que hacen los pequeños propietarios bajo diferentes condiciones edáficas y climáticas.

Centrarse en los efectos locales

Las últimas simulaciones indican que el impacto en la agricultura causado por temperaturas más altas y los patrones cambiantes de precipitación en el trópico y subtrópico variarán ampliamente de un agroecosistema a otro y entre países. Por ejemplo, en los ambientes tropicales húmedos de las tierras altas de África y América Latina, los rendimientos de maíz podrían aumentar entre un 4 y un 12 por ciento respecto a los rendimientos simulados para 1990 (el año que sirvió como punto de comparación). En contraste, las áreas tropicales de tierras bajas secas podrían sufrir reducciones de cerca del 25 por ciento. “Son los efectos locales los que van a golpear a los agricultores más duramente”, dice Jones.

En las tierras bajas secas, las temperaturas subirán por encima de la temperatura óptima para el maíz, y la precipitación puede disminuir. Grandes áreas del nordeste de Brasil y sus sabanas (los cerrados) pertenecen a esta categoría.

Los agricultores, en tres de los principales países productores de maíz de África —Nigeria, Sudáfrica y Tanzania— experimentarían pérdidas de rendimiento del maíz entre el 15 y el 19 por ciento bajo este escenario típico comercial. Sin embargo, los rendimientos en Costa de Marfil y Etiopía permanecerían más o menos estables para mediados del siglo. En Brasil, el principal país productor de maíz de América del Sur, los rendimientos descenderían en un 25 por ciento. Pero en México, el segundo productor más grande, la reducción sería de un poco menos de un tercio de eso. Solamente en Chile y Ecuador se espera que los rendimientos se mantengan o aumenten debido al cambio climático.

Según Jones, la investigación sobre el cambio climático global debe continuar centrada en los efectos locales. Esto permitirá armar a las personas más pobres y más vulnerables, los que dependen de la agricultura en pequeña escala, con estrategias específicos a cada sitio que les permita hacer frente a los contratiempos. Al mismo tiempo, los científicos necesitan empezar a analizar el impacto sobre sistemas agrícolas completos, no sólo cultivos individuales aislados. Por consiguiente, el trabajo del CIAT en el futuro ampliará la aplicación de MarkSim y otras herramientas relacionadas con otros cultivos de primera necesidad y sistemas de producción.

Urgencia de la adaptación

El trabajo de CIAT-ILRI sobre modelación del maíz es sólo uno de los componentes de un esfuerzo internacional más grande para entender mejor las interacciones entre la agricultura tropical y el cambio climático. El CIAT es miembro activo del Grupo de Trabajo entre Centros sobre Cambio Climático del GCIAI. En la actualidad, el Grupo está formulando una agenda de investigación multidisciplinaria que servirá de componente principal de una propuesta importante que será considerada junto con los nuevos Programas de Reto del GCIAI.

La investigación sobre cambio climático es importante por dos razones. En primer lugar, ayudará a los agricultores y a los responsables de tomar decisiones para hacerle frente a los inminentes efectos negativos del recalentamiento del planeta. Segundo, contribuirá al desarrollo de patrones de uso de la tierra y tecnologías agrícolas —denominadas estrategias de mitigación— que ayudan a desacelerar la acumulación de gases de invernadero en la atmósfera.

“No es una situación donde podemos sentarnos cómodos y decir, sólo haremos algo cuando el cambio climático realmente empiece a ocurrir”, enfatiza Jones. “No quiere decir que no podamos hacer algo al respecto, pero debemos actuar ahora; también debemos lograr que quienes toman decisiones lo entiendan”.
Su mensaje urgente hace eco al mensaje del organismo internacional de mayor autoridad sobre el tema, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). En su Tercer Informe de Evaluación, publicado en el 2001, el Panel dice que, a falta de medidas de mitigación, la temperatura promedio del mundo probablemente subirá entre 1.4 y 5.8 grados C para finales de este siglo, lo cual constituiría la tasa más rápida de cambio en los últimos 10,000 años. Los efectos del recalentamiento del planeta, continúa el informe, ya se están viendo en los sistemas físicos y biológicos: el descongelamiento de glaciares, la postura de huevos por las aves en épocas más tempranas y la migración de algunas plantas y animales hacia los polos.

El IPCC prevé un daño significativo e irreversible en sistemas naturales como los arrecifes coralinos y los ecosistemas polares y un mayor riesgo de extinción de especies vulnerables de plantas y animales. Se espera que el estrés por falta de agua empeore en muchas zonas áridas y semiáridas. En el trópico y subtrópico se espera que los rendimientos de cultivos desciendan, aún con leves aumentos de temperatura.

Como anotó recientemente la investigadora de University College Joanna Depledge, en una revisión del informe del IPCC: “Un mensaje clave recurrente es que los países en desarrollo serán los más golpeados por el cambio climático, ya que son más vulnerables a los diferentes impactos adversos y tienen menos capacidad de adaptación”.

Participación Permanente

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Se institucionalizan comités de investigación de agricultores en Bolivia

Los agricultores en el trópico son inventores incansables y experimentadores capacitados —con cultivos, árboles, ganado, suelos, agua, fertilizantes y equipo agrícola. Esta necesidad de la vida campesina representa un recurso social valioso que, lamentablemente, durante muchos años fue pasado por alto por las organizaciones de investigación y desarrollo.

Reconocer que los sistemas locales de conocimientos, apoyados por la ciencia formal, pueden ser una herramienta potente para el desarrollo socioeconómico, constituye la esencia de un intrépido experimento de investigación participativa que el CIAT lanzó hace 11 años en Colombia. Desde entonces, nuestro sistema de comités de investigación agrícola local, o CIAL, se ha difundido a otros siete países latinoamericanos. Como un medio para fortalecer el poder de decisión en zonas rurales, este sistema ha tenido acogida en cientos de comunidades agrícolas, que a su vez han ayudado al CIAT a mejorar el sistema. Pero las organizaciones de investigación y desarrollo que apoyan a los agricultores también lo están adoptando como un modelo organizacional.

“Aunque nuestro CIAL es una organización pequeña, es muy importante para nosotros”, dice el productor de papa boliviano Roberto Merino Montaño, miembro del CIAL Primera Candelaria, con sede en el municipio de Colomi.

De los más de 250 comités de investigación conformados por agricultores que operan actualmente en América Latina, cerca del 10 por ciento están en Bolivia. La búsqueda de un mejor medio de vida en zonas rurales por parte de Merino y sus compañeros agricultores-investigadores —en este caso mediante experimentos con papa al nivel de finca, los cuales ayudarán a la comunidad rural a aprovechar nuevas oportunidades de mercado— tipifica las aspiraciones de millones de pequeños agricultores latinoamericanos.

Un trabajo exigente

En resumen, un CIAL es una servicio de investigación agrícola que es propiedad de la comunidad y responsable frente a ésta, generalmente a nivel de aldea. La comunidad elige a un pequeño grupo de agricultores conocidos por su capacidad e interés en la experimentación y por su colaboración. A través de reuniones públicas, la comunidad hace un diagnóstico del problema prioritario que debe ser afrontado. Luego, el CIAL lleva a cabo los experimentos para establecer las mejores opciones técnicas para los agricultores. Los técnicos de una entidad pública u ONG les brindan asesoría con respecto al diseño del experimento y al análisis de los resultados. Los miembros del CIAL sistemáticamente informan a la comunidad sobre los resultados de la investigación.

Ser un miembro activo de un CIAL es un trabajo exigente y no se puede descuidar las responsabilidades propias. Merino, por ejemplo, tiene que viajar regularmente a días de campo con los agricultores y a otros eventos en zonas rurales. Al mismo tiempo, está matriculado en un programa de educación a distancia en la Universidad Católica Boliviana para convertirse en un profesor rural. Para poder vivir, trabaja 7 días a la semana. Además de cuidar sus propias parcelas de papa, labora en fincas vecinas para tener un ingreso adicional de cerca de US$3 por día.

Si bien estas exigencias son considerables, Merino está inspirado por el potencial de su CIAL para marcar una diferencia dentro de la comunidad. “Estamos haciendo este ensayo porque las variedades de papa nativa se enfrentan con un grave riesgo de extinción en esta zona. En el pasado, la semilla se sembraba en tierra que se había dejado en barbecho durante 20 años, es decir, tierra descansada y fértil. Hoy no podemos dejar la tierra tanto tiempo sin sembrar debido a la población creciente”. Hace sólo unas décadas, las fincas en la zona tenían cerca de 10 hectáreas en promedio, hoy día cada familia tiene solamente una fracción diminuta de esta cantidad, como resultado de la repartición de las fincas entres los hijos de una generación a la otra. Para los productores de papa de Bolivia, que abarca unas 200,000 familias, la propiedad promedio actual tiene cerca de dos tercios de una hectárea. Por tanto, la búsqueda de variedades de papa más productivas, que también sean atractivas para los consumidores, es decisiva para los medios de vida de estos pequeños agricultores.

“Estamos probando 35 variedades de papa en tierra que ha sido cultivado en forma continua”, dice Merino. “Hemos estado experimentando durante 2 años y hemos tenido resultados muy buenos”.

Pasar al segundo nivel

La eficacia del método CIAL ya está bien establecida. El CIAT, por tanto, ha dirigido su atención a temas de segunda generación. Estos aspectos de “institucionalización” incluyen la sostenibilidad financiera y social de los CIAL existentes, los mecanismos para extender el método para lograr un mayor impacto en América Latina y más allá, y los métodos participativos de seguimiento y evaluación. Este último componente incluye el diseño y uso de múltiples vías de retroinformación, entre agricultores investigadores, miembros de la comunidad, asesores técnicos, planificadores gubernamentales y el CIAT.

Pero, como señala Jacqueline Ashby, directora del nuevo Instituto de Innovación Rural del CIAT y principal arquitecta del concepto de CIAL, cada país es diferente y, por consiguiente, las soluciones variarán. En algunos casos, las organizaciones de segundo orden —por ejemplo, asociaciones de comités de agricultores a nivel provincial o nacional— serán el principal vehículo para mantener el enfoque de CIAL y asegurar que las voces de los agricultores sean escuchadas por las autoridades. Este es el modelo que surge en Colombia y Honduras. En otros países, como Bolivia, nuevas estructuras municipales pueden servir de base institucional. En todos los casos, la función de los institutos de investigación públicos, las universidades y las ONG continuarán siendo decisivas en brindar asesoría científica, organizacional y financiera a los agricultores investigadores.

Como en muchas naciones en desarrollo, el gobierno de Bolivia ha reestructurado su sistema de investigación agrícola público en años recientes. Los actuales servicios están orientados hacia la demanda y responsabilidad fiscal. Hacia esos fines se han establecido organizaciones semiautónomas (fundaciones) para responder a las necesidades de los productores, procesadores y consumidores mediante investigación y desarrollo contratados. Los CIAL se encuentran entre los diversos proveedores de investigación y de servicios que pueden presentar propuestas para financiamiento, principalmente en el campo de la investigación adaptativa.

Unión de fuerzas

Una de estas organizaciones es la Fundación PROINPA, Fundación para la Promoción e Investigación de Productos Andinos. Originalmente establecida en 1989 como el programa de investigación en papa del Instituto Boliviano de Tecnología Agropecuaria, se reconstituyó en 1998 como un centro nacional para el desarrollo de cultivos andinos.

Con el transcurso de los años, PROINPA ha ayudado a los agricultores bolivianos a que aumenten en más de dos veces el rendimiento de la papa, de 4 a 9 toneladas por hectárea. También ha sido un socio colaborador del CIAT y promotor clave de la metodología CIAL en Bolivia.

Bajo la nueva legislación nacional, la denominada Ley de Participación Ciudadana y la Ley del Diálogo, los municipios son responsables de responder a las exigencias locales de desarrollo para mejorar las condiciones de vida de la población. Se están estableciendo organizaciones locales, llamadas sindicatos, en los cuales se integrarán los CIAL, para representar las inquietudes de la comunidad. Estos cambios ofrecen a todos los bolivianos una vitrina de oportunidades para el progreso rural que es ratificada por el gobierno. Permitirán a la ingeniosidad práctica de los CIAL y la pericia científica de organizaciones como PROINPA entrelazarse con proyectos de desarrollo de los gobiernos municipales en todo el país.

Perspectivas sobre el Impacto de la Investigación

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Evaluación de los riesgos de los cultivos transgénicos

Además de evaluar la investigación pasada y futura, la Unidad de Evaluación de Impacto del CIAT también hace seguimiento de las tendencias que influyen en las ciencias agrícolas. En el 2001, el economista y director de investigación del CIAT, Douglas Pachico, comparó tres estructuras reglamentarias establecidas para evaluar los riesgos de los organismos genéticamente modificados (OGM), incluyendo los cultivos transgénicos.

Para el año 2000, los cultivos genéticamente modificados (GM) ocuparon alrededor de 45 millones de hectáreas de tierra en todo el mundo. La soya, el algodón y el maíz transgénicos ocupan la mayor parte. Los mayores productores son los Estados Unidos, Argentina y Canadá, seguidos de China, Australia y Sudáfrica. Todos los continentes poblados, excepto Europa, tienen importantes sembrados de cultivos transgénicos.

Se han pronosticado enormes beneficios de la tecnología con base en la modificación genética para todas las naciones. Sin embargo, hay una creciente inquietud a escala internacional sobre los riesgos que estos cultivos representan para la salud ambiental y humana. El flujo de genes hacia los parientes silvestres es una de las principales preocupaciones respecto al ambiente. Igualmente, la posibilidad de que las plantas transgénicas se conviertan en supermalezas.

Una reciente revisión comparativa del CIAT examinó los principios de evaluación del riesgo ambiental y los reglamentos del Protocolo de Bioseguridad del Convenio sobre Diversidad Biológica, así como los de Estados Unidos y la Unión Europea.

El Protocolo de Bioseguridad es un acuerdo internacional al que llegaron más de 130 gobiernos en el año 2000. El Protocolo se centra en el movimiento entre fronteras de OGM destinados a liberarse en el ambiente, y reglamenta los mutuos derechos y responsabilidades de importadores y exportadores.

Un principio orientador del Protocolo de Bioseguridad es el enfoque preventivo planteado en la Declaración de Río de 1992. En la práctica, esto significa que el exportador debe demostrar científicamente que los OGM no tendrán efectos adversos inadmisibles o no manejables.

El Protocolo elabora un procedimiento de notificación y de consentimiento. Los exportadores proporcionan a las autoridades competentes de los países importadores la información científica necesaria para aprobar o rechazar una solicitud para importar dichos OGM. El Protocolo no requiere que el exportador demuestre la ausencia completa del riesgo, y permite que los beneficios socioeconómicos sean considerados en la decisión reglamentaria. Lo que constituye un riesgo aceptable o manejable queda a juicio de los países importadores.

Con respecto a la liberación intencional de OGM en el ambiente, las directrices de la Unión Europea difieren del Protocolo de Bioseguridad en diversos aspectos. Aunque también adopta un enfoque preventivo, es mucho más específico acerca de las preguntas científicas que deben abordarse en la evaluación de riesgo. Cubre, además, temas como marcación de productos, seguimiento de los OGM después de su liberación, y estrategias de manejo del riesgo.

A diferencia del Protocolo, el marco europeo no prevé la inclusión de los beneficios socioeconómicos potenciales en la toma de decisiones. Se centra firmemente en evitar mayores riesgos para la salud humana y para el medio ambiente.

Estados Unidos es el productor más grande de cultivos genéticamente modificados. Cerca de 50 variedades de cultivos han pasado por el sistema reglamentario de ese país en la última década. Tres entidades gubernamentales comparten la responsabilidad de evaluar y reglamentar los OGM. Se necesita de la aprobación por separado de cada entidad antes que se puede comercializar un cultivo de éstos.

Como en Europa, el sistema estadounidense indica la información científica y los ensayos específicos que se necesitan para asegurar que no hay riesgo significativo para las personas, los animales, las plantas y el ambiente.

Mientras que la primera generación de cultivos transgénicos en los Estados Unidos y otros sitios ha beneficiado a los productores más que a los consumidores, se espera que en el futuro las combinaciones de genes tomen más en cuenta las necesidades de los consumidores, por ejemplo, el contenido nutricional. Aumentar la vitamina A en yuca, un alimento básico clave en la dieta de la población de escasos recursos de muchos países tropicales, es una aplicación de la tecnología de modificación genética que ahora está siendo investigada por el CIAT.

También hemos desarrollado arroz transgénico que resiste el virus de la hoja blanca del arroz (RHBV), uno de los principales obstáculos para la producción de arroz en América Latina. En la actualidad se están probando genotipos experimentales en el campo, bajo condiciones estrictas de bioseguridad. Nuestra planificación de la investigación transgénica hacia el futuro necesita considerar los costos y beneficios de estos procedimientos de bioseguridad y las evaluaciones del riesgo.

“El CIAT reconoce que hay riesgos ambientales incluidos en los cultivos transgénicos”, dice Douglas Pachico. “No podemos permitir que se despliegue una solución transgénica técnicamente factible si crea otros problemas. Necesitamos mirar estos riesgos de manera racional”. En algunos casos, agrega Pachico, los costos de la evaluación del riesgo y otras consideraciones reglamentarias, así como los costos involucrados para obtener acceso a tecnología patentada, “pueden ser tan altos y el proceso puede tomar tanto tiempo, que no vale la pena proseguir la investigación transgénica”.

Costos y beneficios de la participación de los agricultores

Los métodos de investigación participativa y el análisis del papel desempeñado por hombres y mujeres en la agricultura figuran en un lugar destacado en el trabajo que hacen los centros Future Harvest financiados por el GCIAI. Los recursos de los centros dedicados a estos enfoques ascendieron a US$66.2 millones en el año 2000.

“Es un esfuerzo considerable,” dice Nina Lilja, economista del Programa de Investigación Participativa y Análisis de Género (PRGA) del GCIAI. La adopción reciente y rápida de los enfoques participativos ha impulsado al Programa PRGA, auspiciado por el CIAT, para analizar sus beneficios y costos.

Con la financiación del Ministerio Federal para la Cooperación y el Desarrollo Económico (BMZ) de Alemania, Lilja y dos colegas del CIAT, Nancy Johnson y Jacqueline Ashby, examinaron el impacto de la participación de los agricultores en la investigación sobre el manejo de los recursos naturales. Escogieron tres proyectos concluidos como estudios de casos. Dos de los proyectos fueron realizados, durante los años 90, por los centros Future Harvest: el Centro Internacional de la Papa (CIP) y el Instituto Internacional de Investigación sobre Cultivos para los Trópicos Semiáridos (ICRISAT). El tercer proyecto fue realizado por la ONG internacional, Vecinos Mundiales, que abarcó los años 80.

El proyecto del CIP se centró en el diseño de métodos de manejo integrado de cultivos (MIC) para la producción de batata en Indonesia. El proyecto de ICRISAT en Malawi probó tecnologías a base de leguminosas para manejar la fertilidad del suelo. El proyecto patrocinado por Vecinos Mundiales en Honduras promovió prácticas de conservación del suelo en 41 comunidades.

Un resultado clave del análisis de impacto fue que los métodos participativos sí dan lugar a tecnologías más apropiadas y a una mayor adopción por parte de los agricultores, y también suscitan aprendizaje y cambio. Entre los beneficios están nuevas habilidades y conocimientos adquiridos por agricultores individuales (denominado capital humano) y la aparición de capacidades organizacionales de innovación y acción a nivel de la comunidad (capital social). Además, las entidades de investigación colaboradoras se benefician de la participación de los agricultores.

“La investigación participativa trae otros beneficios, además de las opciones reales de tecnología eventualmente ofrecidas a los agricultores”, dice Jacqueline Ashby, coautora del estudio y coordinadora del Programa PRGA. “La participación local proporciona elementos fundamentales para que la población rural mejore sus vidas —permitiéndole articular sus necesidades, organizarse ella misma y aplicar lo aprendido en otras actividades no agrícolas”.

Los investigadores diferenciaron entre dos tipos de participación en los proyectos escogidos como estudios de caso: funcional/consultivo y autogestión/colaborativo. En el caso de la participación funcional, los investigadores formalmente capacitados interactúan con los agricultores para entender mejor sus problemas, prioridades y preferencias. Pero los investigadores toman todas las decisiones clave referentes al desarrollo de tecnologías. El proyecto en Malawi pertenece a esta categoría.

La forma de autogestión de la participación va mucho más allá de la consulta. Los agricultores toman decisiones acerca del enfoque, los objetivos y el diseño del proyecto, y participan intensamente en la ejecución de la investigación. Los investigadores trabajan de la mano con los agricultores para desarrollar capacidades individuales y comunitarias de experimentación e innovación local. Tanto el proyecto hondureño como el indonesio promovieron este tipo de participación en diversos grados.

En los tres proyectos, el insumo de los agricultores influyó en el proceso de desarrollo de las tecnologías y aportó retroinformación útil a las instituciones de investigación y desarrollo que realizaban los proyectos.

El proyecto de Vecinos Mundiales fue el único estudio de caso para el cual fue posible calcular de manera aproximada la eficacia en función de los costos. Para cada hectárea de tierra en la cual los agricultores ejercieron prácticas de conservación del suelo, el costo del proyecto fue de US$208. Proyectos similares que no usaron la estrategia de “participación tipo autogestión” tenían costos mucho mayores, entre $845 y $6,000.

Participación de genes de frijol en América Latina

Durante mucho tiempo se ha visto el flujo de semilla y de otros recursos fitogenéticos a través de las fronteras nacionales como algo vital para el diseño de mejores cultivos alimenticios y para la lucha contra la pobreza en zonas rurales en todo el mundo. Un análisis realizado por el CIAT sobre los orígenes genéticos y los beneficios de variedades mejoradas de frijol que fueron derivadas completa o parcialmente de material contenido en nuestro banco de germoplasma, da crédito a esa sabiduría convencional.

El estudio pone a la vista los patrones y el impacto económico de los intercambios internacionales, hechos por largos años, con genes de frijol en América Latina. Sus autores concluyen que casi las tres cuartas partes de más de mil millones de dólares en los que se calculan los beneficios regionales obtenidos al sembrar variedades mejoradas de frijol común relacionadas con el CIAT entre 1970 y 1998, pueden atribuirse a material genético foráneo.

El agrónomo del CIAT Oswaldo Voysest analizó el árbol genealógico de cientos de variedades comerciales liberadas en América Latina en los últimos decenios. Este análisis le permitió ponderar las contribuciones genéticas de diversos países a las nuevas variedades. Los economistas e investigadores colaboradores del CIAT Nancy Johnson y Douglas Pachico utilizaron los precios y las cifras de producción para calcular y analizar los beneficios económicos de estos flujos de germoplasma, país por país.

Para 11 de los 18 países cubiertos por el estudio, más del 70 por ciento de los genes presentes en las variedades de frijol liberadas eran originarios de otros países. Colombia fue el contribuyente más grande a ese flujo internacional, seguido de México, Costa Rica y El Salvador. Los más beneficiados fueron Brasil y Argentina. Durante mucho tiempo, estos extensos países han sido los principales productores de frijol, y sus mejoradores dependen en gran medida del germoplasma extranjero. Colombia y República Dominicana fueron los únicos países donde las fuentes locales representaron más de la mitad de los genes que conformaban las variedades liberadas.

“Todo el mundo pide y presta germoplasma para beneficio mutuo”, dice Johnson, quien dirigió el estudio. “Los modelos de interdependencia entre países, de cómo se comparten los genes de frijol, son similares a los de maíz, arroz y trigo”.

El tema emergente y a menudo complicado de los derechos de propiedad intelectual sobre genes de plantas fue uno de varios factores que llevaron al CIAT a realizar el estudio. Por un lado, los convenios internacionales, como el Convenio sobre la Diversidad Biológica, reconoce la pertenencia explícitamente nacional de estos recursos. Piden mayor equidad en el intercambio y uso de los materiales genéticos, un dominio que hasta hace poco no era mayormente reglamentado, salvo medidas para prevenir la propagación de enfermedades. Por otro lado, la perspectiva de países que intentan beneficiarse unilateralmente de las ventas de genes de plantas presenta riesgos evidentes. Según anotan los autores del CIAT en su informe de estudio del 2002, este comportamiento podría terminar restringiendo el flujo internacional de germoplasma.

Los resultados del estudio hacen eco de los resultados de una investigación anterior del CIAT que analizó los beneficios potenciales de introducir un sistema internacional de regalías sobre germoplasma. Bajo tal esquema, los países usuarios pagarían a los países de origen, un honorario proporcional a la contribución genética de la variedad comercial de este último país donde se estaba sembrando. El análisis concluyó que, en total, las ganancias económicas de sembrar mejores variedades de cultivos excederían las obtenidas de cualquier esquema de regalías, aún a la tasa generosa de 10 por ciento del precio local de semilla. Por tanto, si algún futuro esquema de regalías ha de tener un efecto neto positivo —a saber, una combinación de pago justo por germoplasma y mejoramiento continuo en la productividad agrícola— debe diseñarse para promover, no obstaculizar, la participación de genes.


 

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