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Eduardo Figueroa


Semillas de Esperanza para Nicaragua

El campo vuelve a germinar y los campesinos, a soñar

Agosto de 1999


"El Mitch vino a ahogarnos más; se llevó toda la semilla, pero gracias a Dios llegó este proyecto trayendo la esperanza", dice Rufino Velásquez, un pequeño agricultor del municipio de San Marcos, en Carazo, mientras contempla sus campos cubiertos de frijol.

Como él, otros 11 mil pequeños productores de Nicaragua y Honduras están saliendo de la pesadilla provocada por el mayor desastre natural ocurrido en este siglo en América Central. Ahora, esperan con ansiedad la próxima cosecha. Además de obtener grano básico para el sustento, aspiran lograr buena semilla para asegurar su futuro, y no descartan la posibilidad de conseguir un excedente para venderlo, y hacerse así a un dinero extra, que tanto lo necesitan.

Este optimismo entre los campesinos pobres lo está logrando el proyecto "Semillas de Esperanza", un esfuerzo conjunto de cuatro centros internacionales de investigación agrícola –el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), el Centro Internacional de la Papa (CIP) y el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos (Bioversity)– y los institutos nacionales y ministerios de agricultura de Nicaragua y Honduras, con el apoyo financiero de la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional (CIDA) y de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID).

Campos arrasados

El proyecto surgió ante una realidad aterradora: El huracán acabó con la semilla de cultivos alimenticios básicos, especialmente frijol y maíz. Eso significaba que, si no se actuaba de inmediato, a partir de 1999, nicaragüenses y hondureños iban a aguantar hambre.

"Quedamos sin alimentos y no teníamos qué sembrar", dice Lino Estrada, vicepresidente de la Asociación Campos Verdes, que agrupa a pequeños productores de San Dionisio-Matagalpa, una de las zonas agrícolas de Nicaragua. "Si no hubiera llegado esta ayuda, no sé qué hubiera pasado con nosotros".

El proyecto se dividió en tres fases. La primera consistió en la multiplicación de semilla de frijol, para distribuirla luego entre pequeños agricultores de las zonas más afectadas. Para el caso del maíz y la papa se restituyó el material genético perdido.

Protagonista de primer orden en esta fase fueron entidades oficiales, organizaciones no gubernamentales y varias asociaciones de productores de Honduras. Dadas las circunstancias (entre diciembre y enero es época seca) fue necesario multiplicar la semilla bajo el sistema de riego. En total se sembraron 125 hectáreas y se obtuvieron 155 toneladas de semilla de alta calidad.

Alrededor de 70 productores participaron activamente en esta etapa. A ellos, el proyecto los proveyó –en condición de crédito– de semilla, fertilizante y dinero en efectivo para compra de insumos. Los productores, a su turno, se comprometieron a venderle la cosecha al Proyecto, para que éste la distribuyera entre los campesinos más pobres, tanto de Honduras como de Nicaragua.

Llega la semilla

Entre febrero y mayo se cumplió la segunda fase. Alrededor de 11 mil productores de (7,687 en Honduras y 3,120 en Nicaragua) recibieron 25 libras de semilla, cada uno.

Para llegar hasta ellos se pusieron en acción las redes existentes en la región. Una institución que jugó un papel decisivo fue la Cruz Roja Centroamericana. "Descubrimos comunidades donde, después de cinco meses de haber pasado el huracán, todavía no había llegado ayuda", recuerda Andrew Pinney, ex asesor de esta organización, que participó en esta tarea.

La repartición de la semilla se hizo de manera eficiente, tratando de ayudar a los más necesitados. Uno de ellos fue Jerónimo González, agricultor de 76 años, padre de 11 hijos, residente cerca de la frontera entre Honduras y Nicaragua, y que sobrevive sembrando en tierra alquilada. "Si no hubiera venido esta ayuda, mayor sería nuestra pobreza", dice.

Las mujeres también fueron tenidas en cuenta. "Esta semilla que nos facilitaron vino del cielo", dice Bertha Adilia Jarquín, pequeña productora de la Comunidad de Wibuse, en San Dionisio, Matagalpa.

Quienes trabajan en el proyecto son conscientes de las limitaciones que han tenido, y lamentan no haber podido llegar a más agricultores. "Tuvimos problemas con el clima", dice el ingeniero agrónomo nicaragüense Juan Bosco Franco, asistente del Proyecto. "Por culpa de una sequía, se perdió el 50% de la siembra de primera. Esperamos que la siembra se duplique en postrera".

La semilla mejorada de frijol se ha distribuido entre pequeños productores de 12 municipios en 5 departamentos de Nicaragua. La meta es llegar a 26 municipios en 12 departamentos.

Ganancia, pese a todo

Tanto en Nicaragua como en Honduras, los expertos en agricultura admiten que después del Mitch, y gracias a proyectos como "Semillas de Esperanza", se presenta una buena oportunidad para mejorar la calidad de la semilla de granos básicos. Uno de ellos es Danilo Montalván, asistente del Director General del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria (INTA). "Los productores podrán disponer de material mejorado", asegura.

En el suministro del germoplasma de frijol participó el Programa Cooperativo Regional de Frijol para Centroamérica, México y el Caribe (PROFRIJOL), red financiada por la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (SDC) y coordinada por el CIAT, que también coordina el proyecto "Semillas de Esperanza".

"Tengo mucha fe en esta nueva variedad", dice René Navas, vicepresidente de la Asociación de Productores de Semillas de Carazo (APROSEC). "Hasta hace poco veníamos usando variedades criollas, con producción baja; no recuperábamos ni los costos de producción".

El proyecto está entrando a su tercera fase, la cual, en opinión de los participantes, es vital para garantizarle a centenares de campesinos pobres una ganancia después de la desgracia. Se trata de desarrollar la producción artesanal de semillas a través de pequeñas empresas.

La esperanza sigue viva

"Ya dimos el primer paso", dice Guillermo Giraldo, coordinador del proyecto, refiriéndose a dos cursos de manejo de postcosecha que se realizaron, uno en Nicaragua y otro en Honduras, y a los que asistieron productores y técnicos de diferentes regiones e instituciones.

"Fue una experiencia bonita", dice Rufino Velásquez, agricultor del Municipio de San Marcos, en Carazo, que participó en el curso. "Aprendí cosas nuevas; ya comencé a compartirlo con la gente de mi comunidad".

Las microempresas, además de beneficiar a los productores, permitirán descentralizar la producción de semillas, lo cual será una garantía para el país, por cuanto no habrá riesgo de quedar desabastecidos, como ocurrió con el Mitch que arrasó con todo.

"Para noviembre esperamos que haya algunas pequeñas empresas formadas", dice Giraldo. "Y allí terminará el proyecto". "Si se logran fondos, podremos hacer el seguimiento y consolidación de esas empresas, abriendo mercados. Eso es fundamental. Producir es relativamente fácil, vender es muy difícil".

Para muchos campesinos centroamericanos, "Semillas de Esperanza" es un proyecto que les está abriendo nuevas perspectivas de vida.

"Ya no estamos pensando solamente en hoy, sino en el mañana", dice Mariano López, presidente de la Asociación Campos Verdes. El, junto con sus compañeros, están decididos a formar una microempresa productora de semilla de cultivos básicos. "Tenemos potencial para explotar; esta tierra nos da", dice, al tiempo que señala el verdor que se confunde con el intenso azul del cielo nicaragüense, el mismo que meses atrás se oscureció, trayendo la muerte y la desesperanza.

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