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"El Mitch nos quebró hasta el ánimo; no veíamos futuro,
hasta que llegó este proyecto trayendo la esperanza",
dice Lorenzo Martínez, un pequeño agricultor de San Francisco
de Orica, mientras contempla sus campos cubiertos de frijol.
Como él, otros 11 mil pequeños productores de Honduras y
Nicaragua están saliendo de la pesadilla provocada por el
mayor desastre natural ocurrido en este siglo en América Central.
Ahora, esperan con ansiedad la próxima cosecha. Además de
obtener grano básico para el sustento, aspiran lograr buena
semilla para asegurar su futuro, y no descartan la posibilidad
de conseguir un excedente para venderlo, y hacerse así a un
dinero extra, que tanto lo necesitan.
Este optimismo entre los campesinos pobres lo está logrando
el proyecto "Semillas de Esperanza", un esfuerzo
conjunto de cuatro centros internacionales de investigación
agrícola el Centro Internacional de Agricultura Tropical
(CIAT), el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y
Trigo (CIMMYT), el Centro Internacional de la Papa (CIP) y
el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos (Bioversity)
y los institutos nacionales y ministerios de agricultura de
Honduras y Nicaragua, con el apoyo financiero de la Agencia
Canadiense para el Desarrollo Internacional (CIDA) y de la
Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID).
Campos arrasados
El proyecto surgió ante una realidad aterradora: El huracán
acabó con la semilla de cultivos alimenticios básicos, especialmente
frijol y maíz. Eso significaba que, si no se actuaba de inmediato,
a partir de 1999, hondureños y nicaragüenses iban a aguantar
hambre.
"Físicamente no teníamos que sembrar", dice Samuel
Isaguirre, secretario de una cooperativa de pequeños productores
de Orica, una de las zonas frijoleras de Honduras. "Si
no hubiera llegado esta ayuda, no sé qué hubiera pasado con
nosotros".
El proyecto se dividió en tres fases. La primera consistió
en la multiplicación de semilla de frijol, para distribuirla
luego entre pequeños agricultores de las zonas más afectadas.
Para el caso del maíz y la papa se restituyó el material genético
perdido.
Protagonista de primer orden en esta fase fue la Escuela
Zamorano, junto con entidades oficiales, organizaciones no
gubernamentales y varias asociaciones de productores de Honduras.
Dadas las circunstancias (entre diciembre y enero es época
seca) fue necesario multiplicar la semilla bajo el sistema
de riego. En total se sembraron 125 hectáreas en cuatro departamentos:
El Paraíso, Francisco Morazán, Olancho y Comayagua. Se obtuvieron
155 toneladas de semilla de alta calidad. Ù
Alrededor de 80 productores participaron activamente en la
tarea (16 con sistema de riego y 70 en la siembra de primera).
A ellos, el proyecto los proveyó en condición de crédito
de semilla, fertilizante y dinero en efectivo para compra
de insumos. Los productores, a su turno, se comprometieron
a venderle la cosecha al Proyecto, para que éste la distribuyera
entre campesinos más pobres.
"La propuesta nos motivó para seguir adelante con nuestros
planes de superación", dice Reina Janeth Hernández, integrante
del Grupo de Mujeres de San Francisco de Orica, una joven
asociación de 24 miembros que participó en la reproducción
de semilla. "También fue una oportunidad para ayudar
a nuestra comunidad, que tanto lo necesita".
Llega la semilla
Entre febrero y mayo se cumplió la segunda fase. Alrededor
de 11 mil productores (7,687 en Honduras y 3,120 en Nicaragua)
recibieron 25 libras de semilla, cada uno.
Para llegar hasta ellos se pusieron en acción las redes existentes
en la región. Una institución que jugó un papel decisivo fue
la Cruz Roja Centroamericana. "Descubrimos comunidades
donde, después de cinco meses de haber pasado el huracán,
todavía no había llegado ayuda", recuerda Andrew Pinney,
ex asesor de esta organización, que participó en la tarea.
La repartición de la semilla se hizo de manera eficiente,
tratando de ayudar a los más necesitados. Uno de ellos fue
Jerónimo González, agricultor de 76 años, padre de 11 hijos,
residente en Danlí, y que sobrevive sembrando en tierra alquilada.
"Si no hubiera venido esta ayuda, mayor sería nuestra
pobreza", dice.
Las mujeres también fueron tenidas en cuenta. "Siento
que con estas semillas podemos salir adelante", dice
Ximena Pérez, una pequeña productora de Santa Cruz, Yorito.
"Tenemos fe; habrá que esperar la cosecha", complementa
su compañera de parcela, Amalia González.
Quienes trabajan en el proyecto son conscientes de las limitaciones
que han tenido, y lamentan no haber podido llegar a más agricultores.
"Hay un gran número de compatriotas que requieren de
nuestro apoyo", dice el ingeniero agrónomo hondureño
Miguel Méndez, asistente del proyecto. "Eso me pone triste".
Sin embargo, Méndez confía en que la situación va a cambiar
porque "al menos ya tenemos una base de semilla de primera
calidad, mejor que la que teníamos antes del Mitch".
Ganancia, pese
a todo
"Esto es ganancia para Honduras", reconoce Norberto
Urbina, subdirector de Transferencia de Tecnología Agropecuaria
del DICTA, otro de los colaboradores. "A través del tiempo,
la semilla se va degenerando. Esta fue una gran oportunidad
para darles a los agricultores semillas mejoradas que van
a incrementar el rendimiento".
"Sólo nos alcanzaba para consumir. No servía para mercado
ni para sembrarla otra vez", admite Santos Herrera, pequeño
productor de Yorito, quien confía mucho en la nueva semilla.
En el suministro del germoplasma de frijol participó el Programa
Cooperativo Regional de Frijol para Centroamérica, México
y el Caribe (PROFRIJOL), red financiada por la Agencia Suiza
para el Desarrollo y la Cooperación (SDC) y coordinada por
el CIAT, que también coordina el proyecto "Semillas de
Esperanza".
"Tengo mucha fe en esta nueva variedad", dice Juan
Israel Flores, un productor de Guayape, a quien el Mitch se
le llevó una manzana de tierra. "En la agricultura hay
que saber perder y saber ganar. Ahora siento que voy a ganar".
El proyecto está entrando a su tercera fase, la cual, en
opinión de los participantes, es vital para garantizarle a
centenares de campesinos pobres una ganancia después de la
desgracia. Se trata de desarrollar la producción artesanal
de semillas a través de pequeñas empresas.
La esperanza sigue viva
"Ya dimos el primer paso", dice Guillermo Giraldo,
coordinador del proyecto, refiriéndose a dos cursos de manejo
de postcosecha que se realizaron, uno en Honduras y otro en
Nicaragua, y a los que asistieron productores y técnicos de
diferentes regiones e instituciones.
"Fue una experiencia bonita", dice David Montes
Romero, agricultor que forma parte del Comité de Investigación
Agrícola Local (CIAL) de Yorito, y que participó en el curso.
"Ahora sé como tratar la semilla mejorada; ya comencé
a contar lo que aprendí a la gente de mi comunidad".
Las microempresas, además de beneficiar a los productores,
permitirán descentralizar la producción de semillas, lo cual
será una garantía para el país, por cuanto no habrá riesgo
de quedar desabastecidos, como ocurrió con el Mitch que arrasó
con todo.
"Para noviembre esperamos que haya algunas pequeñas
empresas formadas", dice Giraldo. "Y allí terminará
el proyecto". "Si se logran fondos, podremos hacer
el seguimiento y consolidación de esas empresas, abriendo
mercados. Eso es fundamental. Producir es relativamente fácil,
vender es muy difícil".
Para muchos campesinos hondureños y nicaragüenses, "Semillas
de Esperanza" es un proyecto que les cayó del cielo y
que les está abriendo nuevas perspectivas de vida.
"Ya no estamos pensando solamente en hoy, sino en el
mañana", dice César Romero, presidente del Comité de
Desarrollo Sostenible de la Cuenca del río Tascalapa, quien,
junto con sus compañeros, están decididos a formar una microempresa
productora de semilla de frijol y maíz. "Tenemos potencial
para explotar; este valle nos da", dice, al tiempo que
señala el verdor que se confunde con el intenso azul del cielo
hondureño, el mismo que meses atrás se oscureció, trayendo
la muerte y la desesperanza.
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