Para las comunidades indígenas que viven en cercanías de Mitú, al sudeste de Colombia,
el conflicto armado que tiene como escenario esa región amazónica es un ingrediente que
causa zozobra, mas no es el único. Otro enemigo, quizá mucho más hostil, mantiene en
vilo la supervivencia de esos pueblos. Se trata de la pudrición radicular, una
enfermedad que ataca la yuca debido al exceso de agua y al mal drenaje de los suelos. La
enfermedad está causando incuantificables pérdidas en este cultivo, que ocupa el 70% del
área agrícola, es básico para la alimentación de las comunidades y representa una
importante fuente de ingresos familiares.
Enterado del problema, el Programa Nacional de Transferencia de Tecnología
Agropecuaria (PRONATTA) contactó al Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT)
que venía luchando contra la pudrición radicular en regiones del Cauca, Quindío y del
Litoral Pacífico.
Se conformó entonces un equipo con investigadores del área de Patología de Yuca del
CIAT, profesores y estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia-Seccional Palmira, y
técnicos del Nodo Departamental del Vaupés, integrado por entidades oficiales y
organizaciones no gubernamentales, muchas de las cuales agrupan a comunidades indígenas.
El proyecto se desarrolló mediante la metodología de investigación participativa y
se involucró, desde un principio, a los productores pertenecientes a nueve comunidades de
diferentes etnias del grupo Tukano, asentadas a lo largo de la única carretera que hay en
el Vaupés, y que se prolonga 50 kilómetros desde Mitú, la capital, con dirección a
Monfort, un caserío distante a 120 kilómetros.
Un tropiezo inicial que tuvieron los investigadores fue el idioma; pocos indígenas
hablan español, y entre una comunidad y otra hay diferentes dialectos. Fue necesario
diseñar encuestas con dibujos elementales. En el aspecto cultural sorprendió el hecho de
que todos los productores son mujeres; entre los tukano, ellas son responsables de las
labores agrícolas, mientras los hombres se dedican a pescar, cazar y "tumbar
monte".
Una vez seleccionadas las comunidades, conjuntamente se empezó a trabajar en la
búsqueda de alternativas para el control de las pudriciones de raíces. Las comunidades,
integradas por 243 familias, participaron en el diagnóstico, planeación y
establecimiento de los ensayos, evaluación y retroinformación.
Los científicos tomaron muestras en diferentes terrenos cultivados e hicieron
aislamientos del patógeno, es decir del elemento causante de la enfermedad, que luego fue
inoculado en plantas de yuca bajo condiciones de invernadero, con el fin de seleccionar
genotipos con resistencia a dicha enfermedad.
"La pudrición de las raíces es causada por varias especies del hongo
Phytophthora", dice Elizabeth Alvarez, fitopatóloga del CIAT que coordina el
proyecto. "Este patógeno desintegra los tejidos de la yuca y puede ocasionar
pérdidas en el 80% de la producción total de un cultivo".
El desarrollo de este hongo se ve favorecido por el uso de prácticas agronómicas
inadecuadas, la aplicación de fungicidas inapropiados, el transporte de material afectado
a zonas no contaminadas y por la siembra en suelos compactos o muy arcillosos.
Una vez realizado el diagnóstico, se procedió al establecimiento de los ensayos. Las
mujeres prepararon cuatro áreas de siembra, conocidas como chagras, y sembraron 10
variedades de yuca: seis eran del Banco de Germoplasma del CIAT con resistencia al hongo,
una variedad testigo susceptible a él, y tres variedades nativas seleccionadas por las
indígenas.
Desde la siembra hasta la cosecha, las indígenas evaluaron las variedades en cuatro
ocasiones. "Se hicieron evaluaciones abiertas, para que las mujeres manifestaran las
razones para preferir unas variedades sobre otras", explica Germán Alberto Llano,
asistente de investigación.
La participación activa de las productoras, desde un comienzo, ha sido definitiva para
lograr que ellas adopten tecnología y, a su vez, ha permitido que los investigadores
tengan una comprensión directa de las prioridades de una comunidad. "Como
investigadora he aprendido mucho de ellas", admite la Dra. Alvarez. "Como mujer
también me he sentido tocada, al ver la valentía de esas mujeres indígenas,
supremamente pobres, que jamás se rinden, lideran el trabajo y mantienen unidas a las
familias".
El objetivo del proyecto no es erradicar la enfermedad, sino poner al alcance de las
indígenas de Mitú, variedades resistentes que ellas mismas hayan seleccionado y
comprobado su eficacia, de acuerdo con sus propios criterios, como también prácticas de
manejo apropiadas a las condiciones agroecológicas y culturales de la zona.
En este sentido, a la hora de la cosecha, las de mayor preferencia fueron las
variedades del CIAT, CM 2772-3 (dulce y de pulpa amarilla) y la M Bra 97 (dulce de pulpa
blanca), por encima de las variedades nativas conocidas como Yuca de Abeja y Mirití.
"Como colombianos, tenemos la obligación de hacer algo por ellos", dice
Raúl Madriñán, especialista en suelos y profesor de la Universidad Nacional-Seccional
Palmira, que también forma parte del equipo de investigadores. En su caso, está
trabajando para ofrecerles a las comunidades indígenas, un abono orgánico que pueda
obtenerse de la materia orgánica que suministra la selva misma, sin afectar el entorno.
"Los indígenas son muy pobres y los suelos lo son más", dice. "No hay
recursos para comprar abonos ni fungicidas para combatir la enfermedad; por eso estamos
buscando alternativas naturales".
El proyecto entró en su tercera fase. "Con lo realizado hasta ahora, hemos
rescatado un poco la credibilidad de las entidades estatales ante estas comunidades
marginadas", dice Rubiela Rincón, representante de PRONATTA para la región
amazónica.
En efecto, poco a poco, el recelo por parte de las comunidades indígenas ha ido
desapareciendo. Ellas están viendo los resultados de la investigación agrícola, única
alternativa que tienen a su alcance para asegurar la supervivencia.
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