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Hasta
hace un año, William Papamija, un curtido agricultor
padre de 5 niños, se levantaba muy temprano angustiado
por no saber si ese día iba a encontrar trabajo en
alguna finca para llevarle comida a su familia.
"Era una pesadilla de todos los días", recuerda
ahora cuando se siente feliz porque ya no necesita trabajarle
a otros. Su pequeña finca le está dando lo suficiente
para alimentar a su familia y todo apunta a que la situación
tiende a mejorar.
Él forma parte de un grupo de 200 familias campesinas
pobres del Valle del Cauca, departamento situado al occidente
de Colombia, que se están beneficiando de un proyecto
que enlaza el riguroso trabajo de los laboratorios del Centro
Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) con las parcelas
hasta hace poco subexplotadas y casi abandonadas por falta
de recursos.
Lo novedoso del proyecto, cuyo objetivo es garantizarle la
seguridad alimentaria a los campesinos de escasos recursos
mediante la producción de alimentos básicos,
es su enfoque participativo en el que la misma comunidad rural
asesorada por técnicos identifica los problemas,
escoge opciones y adapta tecnologías aplicando sus
conocimientos.
La metodología se conoce como Comités de Investigación
Agropecuaria Local (CIAL), y fue diseñada por el CIAT
en 1990, con el apoyo de la Fundación Kellogg, generando
un evidente impacto, al punto que se ha extendido por diferentes
países de América Latina.
Los CIAL lo conforman agricultores que nombran una junta
directiva integrada por 4 personas, responsable
de planificar, implementar y evaluar ensayos con las opciones
tecnológicas disponibles, probarlas en condiciones
reales de la fertilidad de sus suelos, bajo su propio manejo
con el fin de tratar de resolver los problemas. Luego, los
resultados son analizados y divulgados entre su comunidad
y entre otros comités.
"Con esta metodología se busca que los agricultores
aprendan a investigar para que minimicen los riesgos de pérdidas
de sus cultivos, reduzcan la dependencia de las entidades
y fortalezcan su capacidad de autogestión", dice
José Ignacio Roa, ingeniero agrónomo del CIAT,
experto en investigación participativa y que lidera
el proyecto sobre seguridad alimentaria.
Abundan los ejemplos de comunidades campesinas que han transformado
su vida gracias a estos CIAL. De ser simples jornaleros, han
pasado a formar microempresas comunitarias que mercadean con
el fruto de sus cosechas, ya se trate de semillas o de productos
procesados. Sus experiencias se han extrapolado a otras regiones.
Fueron precisamente esas experiencias las que permitieron
que las 200 familias campesinas de las zonas de ladera de
las dos cordilleras colombianas Central y Occidental
que bordean al Valle del Cauca, aceptaran probar la metodología
CIAL dentro de esa afanosa búsqueda de oportunidades
para asegurar la alimentación familiar.
De una variada canasta de opciones de cultivos de ciclo corto,
los agricultores escogieron el fríjol, y nuevamente
el CIAT pasó a ser protagonista por ser el principal
centro de investigación de ese cultivo en el mundo.
Se presentó, entonces, una excelente oportunidad para
los científicos de este Centro que desde el año
2003 vienen trabajando en un proyecto global de biofortificación
de cultivos básicos, apoyado por la Fundación
Bill y Melinda Gates.
Conocido como el Programa de Reto HarvestPlus, este proyecto
es impulsado por el Grupo Consultivo para la Investigación
Agrícola Internacional (CGIAR), al que pertenece el
CIAT y otros 14 centros más. Y busca combatir la desnutrición
por falta de micronutrientes, que afecta a más de la
mitad de la población mundial.
Con el fríjol se trata de conseguir variedades con
mayor contenido de hierro y cinc, aprovechando la variabilidad
genética que tiene este cultivo para realizar su mejoramiento
y así combatir la desnutrición.
Ya hay algunas variedades desarrolladas, ocho de las cuales
fueron entregadas a los agricultores para que las validaran
frente a las variedades que ellos tradicionalmente sembraban.
Y vinieron las gratas sorpresas. Las pocas semillas que recibieron
se han multiplicado, al punto que hoy, tras cuatro ciclos
de siembra, la rutina de estas familias ha cambiado. Ya aseguraron
la alimentación diaria y también están
generando ingresos que les está mejorando la vida.
De acuerdo con las cifras que maneja el ingeniero Roa, las
parcelas demostrativas de los campesinos que están
ensayando las variedades biofortificadas han producido un
poco más de 29 toneladas, de las cuales 3 se han dedicado
para semilla y el resto para alimentación. En dinero,
les ha representado más de US 45 mil dólares,
cifra que ninguno de estos antiguos jornaleros se imaginó
conseguir.
"Estos productores-investigadores ya tienen claro que
además del grano para el consumo, hay que producir
semilla para venderle a los vecinos", dice Roa. Esta
opción tiene ventajas por ser semilla adaptada a la
región, de buena calidad y a más bajo precio;
además, de generar mayor producción y requerir
menos aplicaciones de pesticidas. "Porque la metodología
CIAL trabaja modelos de agricultura ecológica y de
reconversión tecnológica", puntualiza el
investigador.
"Ya estamos en el camino de la comercialización",
dice orgulloso José Aleider Ramírez, productor
de la vereda El Nogal, en las montañas de Pradera.
"Ya hicimos contacto con un supermercado, llevamos muestras
y nos aseguraron la compra de la próxima cosecha".
Como él, muchos otros pequeños productores
de Ansermanuevo, Argelia, Calima-Darién, Dagua, La
Cumbre, La Unión, Pradera, Restrepo, Trujillo, Vijes
y Zarzal, también están encantados con lo que
está pasando.
Lo mejor: el rumor está corriendo y hay más
agricultores que quieren seguir el ejemplo de sus vecinos.
"Les estoy vendiendo la semilla y capacitándolos
como hicieron conmigo", dice William Papamija. "Es
mi deber, porque esta oportunidad que me cambió la
vida me la mandó Dios".
Contacto: Ing. José Ignacio Roa (j.roa@cgiar.org).
CIAT. Tel.: +57 (2) 4450000 (ext. 3372), Cali, Colombia.
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