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Desgranando Frijol en Medio de los Cafetales.


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José Ignacio Roa


Más allá de los beneficios que la máquina ha traído para este grupo de agricultores, está el cambio de mentalidad, adquirido a través de su experiencia con los CIAL. Iniciaron experimentos con 12 variedades de frijol, siguieron paso a paso el proceso y, poco a poco, hallaron la variedad que mejor se adaptó a las condiciones de su entorno, Cal 96 y AFR 612. Estas variedades fueron facilitadas por el proyecto de Mejoramiento de Frijol del Centro.

Los integrantes del CIAL son Jairo Calvo, Jhon Jairo Ramírez, Efraín Santos, y Pablo Salinas. Hablamos con dos de ellos para conocer de cerca sus historias y esto fue lo que nos contaron:

¿Quiere un Cuaderno? ¡Sembremos Frijol!

En una pequeña banca de madera ubicada frente a un cultivo de frijol, se sienta todas las tardes Jairo Calvo a planificar su terreno, a hablar con su esposa y a recordar que un tiempo atrás su vida era totalmente distinta.

Todo empezó hace 3 años, cuando Jairo dijo a su familia que se dedicaría a trabajar en el campo. Ellos no lo entendieron, pues él había pasado toda la vida en el pueblo y el terreno que tenía pensado adquirir, era para muchos, un rastrojo. "Mis padres fueron agricultores, pero yo siempre fui criado en el pueblo, me levanté manejando carro, tractoriando por allí", dice. En una época Jairo tuvo la oportunidad de viajar a Israel para trabajar con el plástico. "Cuando vi esas tierras tan áridas de por allá, aprendí a valorar la tierra que tenemos, por eso lo primero que hicimos, mi esposa y yo, cuando llegamos a Colombia fue comprar este terreno de seis cuadras y media, donde vivimos felices. Es lo mejor que me ha pasado en la vida ", afirma.

Aunque el terreno lo compró con el dinero que había ahorrado de su trabajo en Israel, su padre, de tradición cafetera, no quiso volver a visitarlo cuando se enteró que estaba tumbando las matas de café. "Esta finca es suya, haga lo que quiera que yo por aquí no voy a volver", fueron sus palabras. Lo que el padre no sabía era que él estaba sembrando fríjol. "Al tiempo lo invité y desde allí ha estado viniendo cada 8 días". Está muy contento, dice. "Debemos ser conscientes de que el café fue en su momento muy bueno, nos permitió comprarlo todo, pero ya no; además, son dos cosechas al año, mientras que frijol tenemos cada 90 días".

"No miramos que haya verano, que haya invierno, sólo sembramos. Hace un mes, sacamos una frijolera en verano; uno consigue mangueras y surtidores. El único que sacó frijol en verano fui yo, nadie de la región quiso arriesgarse. En invierno las enfermedades atacan el cultivo, en cambio en verano no".

El investigar y experimentar despierta en ellos un interés por probarlo todo. Ya no sólo siembran frijol sino que experimentan con tomate, papaya, espinaca, habichuela y sapotes. Todo se les ha convertido en una posibilidad.

Jairo y su familia viven felices, ya no tienen necesidad de ir por comida al pueblo, basta con tomar una bolsa, dar una vuelta a su finca para tener el mercado de la semana. Lo más importante para ellos es lograr autosuficiencia y, sin duda, lo están logrando.

A Jairo, algunas veces, sus hijos le piden dulces, cuadernos, juguetes, y él, con una sonrisa, les responde: "¡Sembremos frijol!".

De Tradición Cafetera

Desde que tenía un año, Jhon Jairo Ramírez vive en un espacio que es la herencia, de generación en generación, de sus padres y abuelos: Una finca cafetera. "Mi abuelo sembró café, mi padre sembró café y yo, en este momento, estoy diversificando entre café y otros cultivos. Uno sigue de terco, aunque está intercalado con el plátano y ahora con el frijol, que es el que nos está dando la mano".

El padre de Jhon Jairo quería que él no se dedicara a la finca, pero hoy piensa que era casi imposible dejar de hacerlo cuando se ha vivido siempre jugando con los árboles y comiendo tierra. "A uno empieza a gustarle esto y no fui capaz de dejarla; además, si está bien administrada puede funcionar como cualquier empresa".

"Los planes aquí en la finca son tener de todo un poquito. La mitad en café y la otra mitad en pan coger y otros cultivos"

Al inicio del proyecto, fueron invitados al Cauca para que fueran partícipes de otras experiencias. Cuenta Jhon Jairo que el choque más grande que tuvo en esa visita, fue ver cómo ese grupo de agricultores había logrado buenos resultados, en tierras que no eran tan de buena calidad como las de ellos. "El agua era escasa y en comparación, nosotros estamos en la gloria, porque nos baja por gravedad; sin embargo, la voluntad de trabajo que demostraron, fue lo que nos motivó para seguir adelante", comenta.

En la región cafetera es tanta la acogida de este CIAL, que son visitados por otras personas interesadas en iniciar el mismo proceso. Hace poco estuvo una asociación de 30 agricultores de Trujillo, Valle, quienes se asombraron con la variedad de cultivos que estaban manejando.

Por ahora, y mientras en la vereda los vecinos los miran con admiración, Jhon Jairo, Efraín y Pablo seguirán desgranando frijol en medio de los cafetales.

La Máquina También Tiene su Historia

En los años ochenta, el CIAT trajo a Palmira una máquina de Alemania que servía para desgranar frijol en los ensayos. Su sistema centrífugo llamó la atención de Humberto Muñoz, supervisor de talleres de Metalmecánica del Centro en esa época. La máquina era muy grande y se necesitaba una más pequeña para que los agricultores pudieran trasladarla de una finca a otra a través de las montañas. Fue así como Humberto pensó que podría adaptarla; con su ingenio logró hacerlo. Esta máquina empezó a utilizarse, con grandes resultados, en los CIAL del Cauca para el tratamiento de semillas. El nuevo sistema evita que las semillas sufran, puede desgranar una tonelada en el día y no importa que el frijol esté maduro o húmedo, ya que tiene variación de revoluciones. Además, es económica y tiene muy buena aceptación en Colombia y en otros países donde es utilizada. Hay dos en Ecuador, dos en Haití y una en Venezuela. Según su diseñador, no tiene nada que se le dañe, pues sólo deben cambiársele las balineras cada dos mil horas y los motores pueden durar hasta 10 años, con la posibilidad de ser reparados.

 


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